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Cualquier conocedor de la botánica, sabe que el tejo es un árbol de lento crecimiento y, en circunstancias favorables, extremadamente longevo. Hay quien afirma que se han llegado a catalogar ejemplares cercanos a los 4000 años. Nuestros protagonistas, estos viejos madrileños, si damos por cierta la anterior afirmación, están en su madurez más exuberante con sus casi 2000 años de amaneceres.

Los tejos eran, según las viejas e incompletas crónicas del medievo, uno de los arboles abundantes de la flora hispánica. Quiero recordar que cierto cronista romano afirmaba que una ardilla podía cruzar Hispania sin tocar el suelo, desde las costas mediterráneas hasta Finisterre. En tal proliferación boscosa, el tejo disponía de los mejores elementos para su desarrollo, protegido por pinos y encinas de gran talla, ya que necesita protección de las heladas primaverales y la humedad que la menor incidencia del sol bajo las copas selváticas, genera con frecuencia el ecosistema preferido de estos maravillosos árboles milenarios.

No es un árbol alto, no es un árbol grande, tal vez por eso, pasa ciertamente desapercibido a los ojos poco formados. Ahora ya no proliferan en la piel de toro, porque los ecosistemas han variado, la voracidad de madera para calentar hogares y construir techos donde morar, han convertido a buena parte de la península en llanuras deforestadas, antaño dedicadas al cultivo de cereales, imprescindibles para la alimentación de personas y animales.

El tejo fue y sigue siendo un árbol especial, no solo por sus características, también por los significados que estas han supuesto en la mitología de las culturas en las que ha tenido protagonismo. Una de las razones por las que el tejo se ha asociado a los dominios del inframundo es la presencia en sus órganos de una sustancia alcaloide, la taxina, que produce un efecto de parálisis letal en el sistema circulatorio y respiratorio. Los griegos, a pesar de valorar su madera, lo consideraban ponzoñoso, cifraban su origen en los infiernos y lo consagraron a la diosa Hecate, reina de las brujas y de los muertos, entre otras lindezas.

La longevidad del tejo es ampliamente conocida, tal es así que existen pruebas fósiles de la presencia del tejo en el periodo Jurásico, por lo que es normal también que se le asocie al concepto de vida eterna y abundando en ello, es costumbre plantar estos árboles en las inmediaciones de templos y grandes monumentos en una asociación conceptual que sin embargo no tengo claro que se produzca cuando también es costumbre plantarlos junto a cementerios, tal vez aquí aparezca una relación oscura con la diosa de los muertos, pero eso lo dejo para quien busque argumentos más profundos.

La madera del tejo común o tejo negro, Taxus Baccata en nomenclatura científica, por su lento crecimiento y larga vida, tiene unas características especialmente alabadas, Es dura y compacta hasta el punto que se dice que un poste de tejo es más duradero que uno de hierro, es flexible e imputrescible. Por esas virtudes, desdeñando la dificultad que ofrece para su tratamiento, ha sido extremadamente valorada en la construcción de muebles y en la arquería medieval. La madera de tejo fue de las más utilizadas para la confección de arcos y en especial para la fabricación de ballestas, un arma de cobardes como la denominaban los caballeros porque permitía saetear a distancia sin ser visto. Que dirían esos mismos caballeros de los misiles o los drones con los que modernos ejércitos se dotan para hacer la guerra. Esta sería tal vez otra de las razones por la que el tejo se ha convertido en un ser vivo en vías de extinción.

Hoy, al menos en España, el tejo es una especie botánica protegida, por lo que quien intente hacerse un aparador o un arco de tejo tomando la madera del campo, se expone a un serio problema y no es fácil adquirir su madera mediante el comercio reglado, porque es muy escasa y cara. A pesar de las dificultades que tiene para su expansión, el tejo ocupa una extensa zona donde suele crecer: Toda Europa excepto el norte, ya sabemos que el frio primaveral no es de su agrado, el norte de África, Irán y buena parte del sudeste asiático y aun así está en riesgo de extinción.

Como puede verse, no es fácil disfrutar de la hermosa presencia del tejo. En el Campo del Moro, jardín del Palacio Real de Madrid, hay unos ejemplares magníficos a pesar de su no muy longeva existencia, por ello, la visita al tejo del Barondillo de Rascafría es una experiencia poco común,   ya no es fácil pasear junto a ejemplares de más de 1000 años todos ellos y en especial al del Barondillo, cuyo nacimiento se produjo entre 1500 y 2000 años atrás.

El lugar donde hunde sus viejas raíces cumple con creces los requisitos que los tejos necesitan para obtener larga vida, pero lo alejado históricamente de las hachas humanas ha contribuido enormemente a su longevidad. El Valle del Lozoya, en tiempos de la pequeña edad de hielo que tuvo lugar entre 1770 y 1850, sumía a Rascafría y otros pueblos de la zona a un prolongado aislamiento invernal, llegando a los 5 meses de altos muros de nieve. Los tejos milenarios de los que hablamos, alejados de los caminos principales, no eran visitas cómodas como no lo son ahora en invierno. En tiempos más remotos aun, a principios del segundo milenio, este valle era aún más agreste y montaraz, poblado por gentes de bien, amenazada por maleantes peligrosos y ya en tiempos del final de la reconquista, bandas de moriscos arrepentidos de su conversión y por tanto, marginados de la Ley y con la única forma de ganarse el pan como salteadores de caminos. Esto y su lejanía de los principales y escasas rutas de comunicación, hacían de este valle un lugar agreste y poco frecuentado. Alfonso X otorgó a los municipios del valle privilegio de Quiñones con horca y garrote para administrar justicia, así y por un azar, los perseguidos por la justicia que no les era permitido atravesar el puente del perdón, que está frente a la Cartuja de El Paular, y por tanto eran conducidos al patíbulo, rendían cuentas en la llamada casa de la horca, un lugar cercano a los tejos milenarios que por su fin dramático, nunca invitó a viajeros y visitantes, otra razón más para no hacer camino.

Por todas esas razones y alguna más que a buen seguro se me escapa, el tejo del Barhondillo muestra orgulloso las volutas por las que el tiempo ha conducido a sus raíces en la búsqueda de alimento. Situado junto al arroyo del que toma la humedad y el nombre, crece lentamente en la ladera norte de la loma del Pandasco, bien entrado en la serranía. El tiempo no obstante ha hecho mella en su tronco, hueco ya desde hace siglos, de tres metros de diámetro y más de nueve de perímetro, sin embargo, para sus años, tan sólo ha alcanzado 8 metros de altura, que para un tejo es estatura considerable. Hoy esta doblemente protegido, por una verja que impide sea dañado y por la protección de la Comunidad de Madrid que lo declaró árbol singular catalogado en 1985, al igual que otro tejo también muy antiguo que está muy cerca.

El camino hasta la contemplación de los tejos milenarios parte de un lugar donde es posible aparcar e incluso tomar un pequeño refrigerio, por la presencia de algunos establecimientos hosteleros, es el lugar conocido como “La Isla”. Desde allí parte un camino que discurre junto al arroyo Barondillo o Valhondillo como también se le conoce. El recorrido es de algo más de 6 kilómetros por trayecto y en el primer tercio se puede disfrutar de un viejo puente que se conoce por el puente de la Angostura, romano para unos, de origen árabe para otros, originario de los tiempos de Felipe II para el resto, la verdad es que no he podido encontrar un documento fiable para constatar su origen, simplemente me quedo con la belleza del rincón que corona. Siempre en subida, pero no especialmente pendiente, esta ruta es especialmente agradable para todo tipo de caminantes, incluso niños. Es tal vez uno de los viajes perfectos para un viajero enamorado de la Naturaleza, y no solo por el hecho de rendir pleitesía a uno de los seres más ancianos de todo el sur de Europa y disfrutar de su enorme belleza, el entorno es de los más hermosos que puedan visitarse. Ya no es este valle montaraz y salvaje, está poblado por personas gentiles y acogedoras que protegen con celo lugares y tradiciones llenas de historia y que se vuelcan con los visitantes, merece la pena, créanme.

Revista Cibernaturaleza.

www.cibernaturaleza.com

 

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Puedes visitar el blog de Miguel Angel Martin Gomez, donde encontrarás información sobre diversas rutas en Rascafría. http://rascafrianaturalezaypaisaje.blogspot.com.es/

 

 

 

 

 


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