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Madeira: Una joya verde 

 

 

 

Madeira es la isla principal de un pequeño archipiélago en el Océano Atlántico, de las que tan sólo dos están habitadas, Madeira y Porto Santo, el resto, otras tres de cierta entidad, forman las llamadas islas desertas, que como indica su nombre, carecen de asentamientos urbanos.

Como todas las islas atlánticas de origen volcánico, son ciertamente escarpadas, como sus vecinas islas Canarias. Dominan la isla principal que da nombre al pequeño archipiélago dos picos de entidad, el Ruivo de 1862 metros de altura sobre el nivel del mar y el Arieiro, ligeramente inferior, tan solo 52 metros que el pico más alto, lo que da una idea de lo escarpado de la isla.

 


Ya se tienen noticias del pequeño archipiélago en algunos escritos de navegantes del imperio romano, aunque de manera un tanto difusa. Los primeros documentos que hablan a ciencia cierta del descubrimiento del archipiélago, o podríamos decir redescubrimiento son los informes de los marinos portugueses Tristao Vaz Teixeira y Joao Gonçalvez Zarco tras sus viajes de 1418 y 1419. Ciertos historiadores citan documentos, probablemente anteriores en los que se citan los nombres de islas con denominaciones muy semejantes como Leiname, Diserta y Puerto Santo. La posible discrepancia esté en las fechas, pero sea como fuere quien las redescubrió, ya que los documentos romanos parecen fiables, fueron expediciones de Portugal, por iniciativa del Rey Juan I y el Infante  don Enrique las que iniciaron la colonización de estas islas en 1425. Pero es a mediados del siglo XV cuando se crean órganos administrativos en los que se sitúa al frente a sendos capitanes donatarios en tres circunscripciones llamadas Machico, Portosanto y Funchal. Los responsables administrativos se rodearon de colonos de la metrópoli, ciudadanos portugeses de distintas esferas sociales siguiendo un orden establecido por la corona. El primer cometido es generar una estructura agraria con la que conseguir sustento y posteriormente ingresos para la metrópoli.

 


Los primeros colonos vivían prácticamente de forma exclusiva de la pesca abundante, pero era necesario el cultivo de cereales, extremadamente importante en el siglo XV. Una de las dificultades que se encuentran los colonos es la orografía y sus problemas asociados. En Madeira, la mitad de la isla es abundante en agua, la otra mitad carece de ella. El primer paso fue crear canales, aun hoy usados por los agricultores, que llevaran el agua de la zona, llamémosle húmeda a la zona seca. Son conocidas como “levadas” y hoy forman parte importante de la historia de Madeira. Algunas de ellas son recorridas por senderistas disfrutando de hermosas vistas del paisaje insular, otras, por su escarpada situación pueden ser peligrosas y no se recomienda pasear por ellas.

 


El siguiente paso fue diezmar los frondosos bosques de laurisilva que cubrían la mayor parte de la isla mediante quemas, para obtener zonas de cultivo donde plantar trigo, tan necesario y valioso para alimentar a los nuevos habitantes del archipiélago. Las primeras cosechas fueron escasas, pero a medida que la desforestación se hacía mayor, las cosechas aumentaban y el trigo de Madeira llegó a alimentar a una parte de Portugal. Sin embargo, una vez concluida la guerra en España y normalizadas las relaciones de los dos estados ibéricos, las plantaciones de trigo peninsular satisfacían sobradamente la demanda de ambos países por lo que el trigo de Madeira se tornó innecesario. Puestos a encontrar cultivos alternativos, los colonizadores portugeses  pensaron que el clima suave de las islas le reportaba una ventaja adicional, especialmente en contraposición al ciertamente duro clima continental de la península Ibérica, así, la elección no fue difícil, la candidatura más fuerte la presentaba la caña de azúcar, alimentada por una creciente demanda y los escasos lugares donde se podía cultivar en Europa. Muy rápidamente se convirtió en producto prioritario y base de la economía de las islas.

 


Un nuevo vuelco en la historia obligó a cambiar la agricultura insular. Portugal era potencia colonial en la recién descubierta América. Brasil se convirtió con el apoyo de la corona en uno de los principales productores de caña de azúcar, lo que contribuyó a bajar los precios y popularizar el producto resultante. Las pequeñas plantaciones de Madeira dejaron de ser rentables  lo que  obligó  a  una  nueva búsqueda de “modus vivendi” para sus habitantes, estamos hablando del siglo XVII. La alternativa surgida de los cambios en el comercio mundial llevaron a los hacendados y agricultores a plantar viñedos con el fin de producir vinos. De nuevo el clima fue determinante y la calidad que con el tiempo se han obtenido ha convertido a los caldos de Madeira en un lujo para las mesas que los degustan.

 


Como puede apreciarse, la Naturaleza ha sido siempre el mayor patrimonio de estas islas y por ello, los bosques de laurisilva que resistieron a la desforestación inicial de la colonización, hoy son patrimonio de la humanidad declarado por la UNESCO en 1999.

 


Las peculiares características climáticas del pequeño archipiélago se dan por una temperatura del agua oceánica que oscila entre 17º y  26º gracias a la cual, las islas disfrutan de un benigno clima subtropical, La humedad propia de tierra insular hace el resto. Sin embargo, algunas de las islas pequeñas no tienen tanta suerte, ya que el viento y el escaso valor mineral de la tierra le otorgan un clima estepario en el que sobreviven especialmente plantas xerófilas, entre las que destacaré las euforbiáceas, muchas de ellas endémicas de estas islas por lo que tienen un enorme valor como ecosistema en el que habitan especialmente aves marinas únicas. Esas islas desertas forman una reserva natural creada en 1990 que acoge a esa muy especial flora y fauna que tiene su hogar solo en ese lugar.

 


Para un amante de la Naturaleza, la visita a los bosques de laurisilva de Madeira, especie endémica, no debe obviar un paseo por el Jardín Botánico de Fuhchal, que originariamente fue jardín privado de la Quinta do Bom Suceso, adquirido por la Junta General de Gobierno a mediados del Siglo XX y que, como jardín botánico, abrió sus puertas en abril de 1960.


El senderismo por los bosques y las levadas de Madeira es una actividad maravillosa a sabiendas de que se recorre un lugar con una flora y fauna únicas, en definitiva por un paraje que la Naturaleza regala al visitante que sabe apreciarlo.

 

Revista Cibernaturaleza.

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