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JARDÍN PRÍNCIPE DE ANGLONA

 

Dicen que el mejor perfume se guarda en frasco pequeño, en este caso, sin ser un pequeño jardín de gran exuberancia, es el representante de lo que fueron los pequeños jardines al servicio de los palacios nobiliarios de entre el siglo XV y la mitad del siglo XX.

La plaza de la Paja, lugar donde está situado el Jardín del Príncipe de Anglona fue el centro del Madrid medieval, su nombre viene dado por la costumbre que obligaba a la ciudadanía a entregar paja para alimentar las caballerías de la Iglesia, concretamente del obispado, por ello y por estar allí situada la capilla del obispo, era el lugar donde el pueblo llano llevaba la paja que exigía, no ya la costumbre, la Ley. No sé por qué pero me suena familiar esa forma de proceder de quien se siente poderoso.

Al ser el lugar público donde se concentraba la mayor actividad de la villa, las familias nobles ubicaban en su entorno las casas palaciegas, además, no estaba muy lejos del Alcázar donde, hasta la construcción de los aposentos reales de los Jerónimos, se producían las reuniones y eventos de la Corte. Madrid era una ciudad pequeña, no demasiado limpia y nada diferente a muchos de los pueblos de Castilla, tal vez un poco mayor, pero nada más.

 

Así pues, la Plaza estaba rodeada de palacios, algunos del siglo XIV al XVI desaparecieron en el Siglo XIX, sus nobles propietarios preferían otras zonas más prestigiosas que el viejo y destartalado barrio de La Latina. Así, varias de las casas palaciegas que rodeaban la plaza fueron cediendo a la piqueta para convertirse en pisos de alquiler, más productivos que un caserón casi sin uso. Por fortuna tres inmuebles sobrevivieron: la capilla del Obispo, el palacio de los Vargas y el palacio del Príncipe de Anglona y su jardín. Su cuidada remodelación con el tiempo, les ha dado una vitalidad y un innegable prestigio dentro de la imagen de la ciudad y hoy no se entendería el Madrid de los Austrias sin ellos.

El palacio de Príncipe de Anglona se construyó originariamente en el siglo XVI para Francisco de Vargas según unas fuentes, otras datan la construcción en el siglo XVII, concretamente en el último cuarto del siglo y en sus bajos albergaba túneles secretos   que llegaban hasta el Palacio Real, en cualquier caso, lo que sí es seguro es que el jardín data de la segunda mitad del siglo XVIII,   según las fuentes a las que hemos tenido acceso el diseño del jardín se debe al francés Nicolás Chalmandrier, que no era ni arquitecto ni paisajista, al menos no hemos podido atribuirle tales virtudes, era grabador y dibujante de planos de grandes ciudades, entre ellas Paris y Madrid, tal vez en su estancia madrileña dibujara el trazado de este jardín para el propietario. Si parece que la fecha en la que se diseña y construye el jardín coincide con la estancia de Chalmandrier en Madrid, 1761 para la confección del mapa de la ciudad. El jardín, anejo al palacio tenía un serio problema, un desnivel importante entre la tapia de la plaza de la Paja hasta la actual calle de Segovia, antiguamente el cauce del arroyo de San Pedro. Por ello se alzaron las tapias de esa zona utilizando alguna construcción anterior, me atrevo a afirmar esto por la presencia de un arco de ladrillo como parte de la misma en la intersección con la calle de Segovia, para después rellenar todo el contenido entre muros para alcanzar el nivel de la puerta de la plaza de la Paja y el nivel del palacio. Por estas razones en algún momento se le conoció como jardín colgante, por esa diferencia de nivel desde la plaza a la calle al otro lado.

La historia del jardín como la del palacio, pasó por diferentes vicisitudes. De su origen neoclásico pasó a recibir cierto aire árabe, tradicional de los jardines andaluces para, después de una remodelación importante a principios del siglo XX,   quedar en el abandono durante los dos primeros tercios de ese siglo.   En los años setenta pasó a manos del Ayuntamiento de Madrid pero hubo de esperar a principios del siglo XXI para ser reestructurado y abierto al público, concretamente en 2002.

Con una extensión de apenas 500 metros cuadrados, el jardín está configurado entorno a una zona cuadrada central atravesada por paseos en cruz que están pavimentados de una curiosa forma, con ladrillo dispuesto en espina de pescado o sardinel, como se prefiera, con una fuente central, algo deteriorada pero hermosa y parterres con plantas autóctonas, una rosaleda con plantas apoyadas en un arco de metal, celosías y un cenador metálico que nada tiene que ver con el mobiliario de la época. En las tapias que separan el jardín   de la calle Segovia crecen trepadoras que cubren parte del muro exterior. En su interior crecen árboles que producen una hermosa umbría   muy agradable en tiempo cálido y se pueden disfrutar de algún granado, la omnipresente higuera, no hay jardín meridional que no tenga una, boj para delimitar los parterres, rosales e incluso una planta que era muy tradicional en los jardines españoles y que cada vez veo menos, la hortensia.

El encanto de este jardín es múltiple, en su restauración se han plantado especies habituales en los siglos XVII al XX, respetando el encanto de su diseño original y su situación en la zona más antigua de Madrid son las virtudes más destacables. Quien ame la Naturaleza y viva o visite la capital de España no puede dejar pasar un rato disfrutando de este hermoso paraje urbano.

 

 

 

 

 


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