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Jardín de las Tres Culturas en el Parque Juan Carlos I

Sobre una zona que fue de las más degradadas de Madrid, próxima al aeropuerto de Barajas, existe una finca poblada de olivos centenarios del siglo XVIII, el Olivar de la Hinojosa, sobre la que se creó este parque, el segundo más extenso de la capital, más pequeño que la Casa de Campo y mayor que el popular y querido Parque del Retiro.

 

Dentro del perímetro del parque existen unos jardines temáticos en forma cuadrada como símbolo de lo terrenal en contraposición al perímetro circular del conjunto de los tres jardines más la colina central que supone el nexo de unión entre las tres culturas.

Se accede desde una especie de plaza con una escultura escoltada de tres cipreses en representación de las culturas, una simbología que, a nuestro parecer es simplemente una forma de justificar un lugar cuyo diseño nada tiene que ver con lo que el visitante verá a continuación. Uno de los conceptos que los diseñadores han tratado de destacar está precisamente en el centro de los jardines, una pequeña colina que simbolizaría el paraíso, en lo alto de las tres culturas, aunque en realidad deberíamos decir las tres religiones y que por su situación y características bien pueden apuntar a ese simbolismo, está más alto y en el centro de todas las religiones monoteístas, todos los jardines temáticos confluyen en la colina, donde comparten centro y en ese centro los arboles sagrados de la vida rodeados por la “sangre” que alimenta los árboles: el agua que discurre por cuatro acequias que simbolizan los ríos por los que fluye la vida y el conocimiento desde el paraíso y que alimentan un canal circular alrededor del “Paraíso”. Según hemos podido comprobar, las palmeras que coronan la colina son hermosos ejemplares de Whasingtonia Robusta y Phoenix canariensis, aunque nuestro invernal paseo no nos permitió verlas en su mejor momento, eso y los recortes unidireccionales de la alcaldía anulando la mayoría de las fuentes de Madrid, nos han privado de la belleza de la fuente central del Jardín judaico y del movimiento de agua de las acequias paradisíacas.

El jardín cristiano es cuadrado, como los otros dos, pero éste se jacta de ello, para entrar en el austero recinto, se pasa bajo una campana, tal vez el instrumento más utilizado por la cristiandad para llamar a oración desde sus templos, no es muy grande y no sé si sonará, pero un simbolismo cristiano medieval no podía ser creíble sin la presencia de una campana, desde las catedrales románicas a las góticas, desde los campaniles separados en la Italia a los de gran sonido y muchas campanas, como las de la catedral de Zaragoza o de Santiago de Compostela, la campana es el sonido místico de unión de los feligreses, de llamada al rito, a la oración.

 

En el centro de elementos sencillos de plantación que recuerdan los jardines interiores de las colegiatas y los monasterios, con columnas que apuntan al cielo y sin embargo quedan truncadas a poca altura, con el paseo solado que rodea al jardín, un pequeño templete que recuerda al diseño de las catedrales góticas en forma de cruz, el “crucero”. En este lugar tan simple, pero también con tanto simbolismo sobre la sencillez y austeridad de la cultura cristiana medieval, tal vez es lo que más destaca de este jardín temático, pero aun hemos de observar dos simbolismos más, por un lado, el jardín tiene dos paseos centrales que se conforman en cruz, un símbolo que se reproduce constantemente en cualquier construcción cristiana, por otro, el circulo que rodea el templete está bordeado por un graderío, tal vez sea la pista que lleva a comprender que los graderíos, presentes entorno a los templetes dedicados a la música está ahí para refrendar el nombre que recibe este jardín cristiano, “El claustro de las cantigas” y su inspiración en las cantigas de Alfonso X El sabio.

La flora preeminente en este jardín está basada también en costumbres y simbolismos, por un lado, las flores que adornan la primavera y parte del verano son las rosas y los lirios blancos, las rosas por su valor como presente y tributo en el culto a la Virgen María y el lirio blanco por su simbolismo de la pureza, pero al representar su estructura la organización de los jardines conventuales, las plantas aromáticas y medicinales están presentes por doquier, la lavanda y el romero, que requieren pocos cuidados y son muy apreciadas por sus propiedades, ya sea en perfumes, en pociones y en ungüentos, pero también en la gastronomía, en especial la tercera especie preeminente en este jardín de las cantigas, el laurel, de enormes propiedades, gran belleza, dureza para adaptarse al severo clima continental y valorada por todas las culturas desde la antigüedad.

El agua está presente, no olvidemos que la cultura cristiana tiene su origen en las proximidades del Mar Muerto y del río Jordán, el agua es portadora de vida y el agua está presente en una simple pero efectista conversión del círculo que rodea el templete en cuadrado, cuatro estanques de pequeño tamaño pero gran vistosidad y que complementan perfectamente el diseño sencillo y austero que hemos definido para este espacio natural.

Junto al jardín cristiano, como no podía ser de otra forma, está el dedicado a la religión musulmana, también de sección cuadrada, está dominado por cuatro torres, simbolizando el centro de llamada a la oración, el minarete, desde la que el muhadhin con su voz convoca a los fieles al islam. La autora del diseño se ha inspirado en el paraíso desde la perspectiva de la religión Islámica y recibe el nombre de “Jardín de las Delicias”. En su configuración se contemplan conceptos esenciales de esa imagen que el Islam tiene del Paraíso, protegido por los minaretes, que están habilitados como palomares, si hiciéramos una fotografía aérea podríamos observar en el interior de la planta cuadrada,   un trazado octogonal.

El octógono es una figura geométrica abundante en la cultura islámica ya que representa al centro cósmico, el origen de la vida, un lugar al que se accede desde ocho puertas de oro y brillantes. Y en el centro está la fuente de la vida, precisamente de esa fuente, que está en el centro del jardín, nacen cuatro ríos que en el paraíso son de agua, leche, vino y miel. La representación de la fuente, realizada en un hermoso mármol blanco, está en el centro de un escultural pabellón con formas en sus puertas que recuerdan los hermosos arcos de arquitectura árabe, y de ella, simbolizando la paradisíaca fuente de la vida, fluyen los líquidos de alimento por cuatro acequias que buscan los cuatro puntos cardinales.

Pero el simbolismo más religioso deja paso al prosaico, este jardín está inspirado en los oasis y en los huertos tan preciados en el mundo islámico. Parte del agua que mana, o mejor aún, manaba de la fuente central, se depositan en dos albercas rectangulares, en el entorno, varios huertos en un nivel inferior al del resto del jardín, crecen naranjos de dos tipos, dulces y amargos, en el resto del parque, plantas enraizadas en la cultura a la que representan, como las rosas, y los jazmines, ambas flores apreciadas por la cultura islámica, en especial por su facilidad de crecimiento en condiciones duras y también por ser utilizadas en buena medida en sus remedios y perfumes, e incluso en la gastronomía.   Es bastante frecuente la presencia del jazmín aderezando el aroma del té y de otras infusiones de hierbas, y la maceración de los pétalos de rosa se utiliza a veces mezclada con miel para perfumar los postres y las frutas. Yo recuerdo haber disfrutado un postre en Túnez consistente en granada desmenuzada en un cuenco con agua de rosas, espectacular.

 

Y caminando desde el “Jardín de las delicias” y antes de volver a cruzar la pasarela que ha llevado al caminante al paraíso a modo de iniciación esotérica, recalamos en el “Vergel de granados”, el jardín Judío.

Para recrear los ancestrales hechos culturales hebreos, el jardín se establece como los otros dos con planta cuadrada, pero esto ya en sí mismo es un homenaje a la cultura hebrea, era tradicional generar un recinto cuadrado, amurallado y con puertas separadas para cada una de las tribus de Israel, tal vez por ello, el perímetro del jardín está constituido por una muralla aparentemente en ruinas, buena parte de ella construida con sillares de materiales obtenidos en una cantera israelita, regalo de la fundación Jerusalén. Dentro de las murallas está el “Vergel”, en el que el agua es parte fundamental, en el centro hay una fuente que hace descender el agua   de forma helicoidal. El agua de la fuente detenida acaba en un estanque que simboliza la tierra prometida.

En cuanto a las especies vegetales presentes en este jardín la principal por lógica, por la importancia en la cultura judía y de todo el medio oriente, el granado tiene un destacado protagonismo. El Mirto, que en hebreo recibe el nombre de Hadas, planta de flor aromática, popular entre los judíos ya que formaba parte de muchos de los ritos más festivos de Israel, con cuyas flores se adornaban lugares y mujeres, fundamentalmente por su acusada y agradable fragancia. Los olivos eran un de los árboles más apreciados de todo el Mediterráneo, por muchas razones, su dureza, su longevidad y su fruto del que se obtiene además el aceite que, mezclado con otras esencias y aromas, era la base fundamental de sus ungüentos y sobre todo de sus oleos santos con los que se ungían príncipes y sacerdotes. Los olivos aquí presentes, además, son centenarios, los del Olivar de la Hinojosa. La vid también es considerada por la cultura judía como un regalo del cielo, el vino forma parte indisoluble de muchos ritos de esa religión, por ello, un emparrado se ofrece al caminante para protegerse del sol del verano, formando un fresco camino abovedado verde con la vid. Por último, uno de los árboles más emblemáticos del Mediterráneo, el Ciprés, árbol sobrio, duradero, de madera especialmente apreciada y cuyo origen parece ser la isla de Chipre.

 

Después de recorrer los tres jardines temáticos, volvemos a subir al “Paraíso” subiendo las escaleras para recorrer de nuevo la pasarela iniciática. Este jardín fue inaugurado en 1992, coincidiendo con la celebración de Madrid, Capital europea de la cultura y según algunos, en conmemoración de las conversaciones de paz entre palestinos e israelíes que tuvo lugar en Madrid, el mismo año.

Por último recordar a la autora del diseño del jardín, fruto de su experiencia en la actual convivencia de las tres culturas, Myriam Silber Brodsky.

 

 

 

 


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