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Hace algún tiempo recibimos una sugerencia que nos pareció oportuna, pero sobre todo encantadora, publicar una sección en la que tuvieran cabida relatos cortos referidos a nuestros animales, nuestras plantas, nuestros jardines... sobre la vida, que es parte indisoluble de la naturaleza y dicho y hecho, nace esta sección con un relato de la persona cuya sugerencia ha sido el gen de
esta
sección,
abierta a todos aquellos que tengáis algo que contar en forma de relato corto.
Desde el hogarnatural queremos dar las gracias a la autora del primer relato por su idea y por su relato.
Que los disfrutéis.
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LA PALOMA QUE YA NO VOLVIÓ
Cuentan que hace miles de años llovió copiosamentedurante cuarenta días y cuarenta noches sobre la Tierra, ésta se inundó a tal
grado que las aguas subieron siete metros y medio por encima de los montes más
altos. Tales lluvias llegaron a ser conocidas como El Diluvio Universal.
En aquel tiempo, había un hombre llamado
Noé, que sabiendo de antemano lo que iba a suceder, construyó una gran
embarcación o arca, mediante la cual, él, su familia y los animales encerrados
en ella, lograron salvar la vida.
Cuando cesó de llover, las aguas
empezaron a bajar y Noé soltó un cuervo, el cual estuvo yendo y viniendo.
También soltó una paloma, que no encontrando dónde posarse porque las aguas cubrían
toda la Tierra, volvió de nuevo al arca. Unos días más tarde, el hombre soltó
de nuevo a la paloma, ésta, por la tarde, volvió trayendo en su pico una ramita
de olivo, así supo Noé que las aguas ya no cubrían la Tierra. Siete días
después, el hombre soltó de nuevo a la paloma, que ya no volvió más.
Hasta aquí es lo que cuentan que pasó, y
a partir de ahora empieza mi cuento, con la paloma que ya no volvió.
(Hummm… que olor más bueno hay en el
ambiente… hummm…) se decía para sí la paloma mientras volaba (Que sonido tan
agradable hace el viento, me gusta que me dé en la cara… que Sol más hermoso
hace… que bonito está el cielo tan azul… y que verde se ve la vegetación.)
Gozando de todas las sensaciones que le
producían los diferentes elementos de la naturaleza, de pronto, la paloma notó
que algo se movía dentro de ella (Tengo que hallar un lugar para parar) se dijo,
y después de encontrar un árbol apropiado, allí se refugió. Pasado un corto tiempo,
de su cuerpecito salió un hermoso huevo, o al menos eso es lo que a ella le
pareció. Dos días después su alegría aumentó al ver aparecer un segundo huevo (Que
bonitos son… mis primeros hijitos… que maravilla) mientras estaba disfrutando
de aquel grandioso momento, su alegre semblante cambió a preocupación (Me están
esperando en el arca) pensó (Pero no puedo dejar a mis hijitos aquí solos,
ellos solos no sobrevivirán… ¿qué hago?) se preguntó.
Mientras, en la embarcación, los demás
animales notaban la ausencia de la paloma.
¡Espero que no le haya sucedido nada!
Dijo la gallina.
¡No, no le ha sucedido nada…! Aseguró la
vaca ¡Ya ha salido en otras ocasiones y siempre ha regresado!
¡Es cierto que siempre ha regresado, pero
ahora lleva tres días fuera y nunca había tardado tanto! Insistió la gallina.
¡A ver si ha encontrado comida en
abundancia y se está dando un atracón de comer…! Dijo el cerdo ¡Aquí no pasamos
hambre, pero tampoco… tampoco nos empacharemos!
El palomo, mientras escuchaba preocupado los
comentarios de unos y otros, pensaba (¿Cómo estará todo allí afuera? ¿Qué se
estará encontrando? Me tenían que haber enviado a mí en vez de a ella.)
Entonces se le acercó la rana diciendo
¡No temas palomo, tengo un buen presentimiento. Ya verás como todo va bien y la
volverás a ver!
¡Confío en que así sea! Respondió él.
El tigre, algo molesto, declaró ¡Tanto si
lo que se ha encontrado es bueno como si es malo, tenía la obligación de venir
a decírnoslo, no puede desaparecer por capricho dejándonos en la incertidumbre!
¡Te podías haber ahorrado este comentario…!
Exclamó el elefante ¿No ves lo intranquilo que está el palomo?
¡Y el rey de la selva! ¿Qué opina? Preguntó
el perro.
¡Pues… no sé qué pensar…! Contestó el
león ¡Mi cabeza está dando muchas vueltas y no encuentro una respuesta. Pero
seguro que debe ser por algo y no precisamente por capricho como he oído decir!
Después de escuchar las palabras del
león, unos animales se quedaron en silencio mientras que otros cuchicheaban
entre ellos.
¿Qué estará pasando? Preguntó nerviosa la
osa, a su amado oso.
¡Tranquilízate…! Le dijo él ¡Igual llega
en cualquier momento!
Entre tanto, la paloma estaba empollando
a sus bellísimos huevos con la alegría de la madre primeriza. (No debo
preocuparme por los que están en el arca) se dijo (Seguramente el cuervo o
cualquier otra ave darán noticias de cómo está todo aquí afuera. Ahora solamente
debo estar pendiente de mis queridos hijitos.)
Empezaba a atardecer cuando de pronto, en
la embarcación, la cotorra gritó ¡EL CUERVO TAMPOCO ESTÁ! ¡EL CUERVO TAMPOCO
ESTÁ!
Un gran alboroto se levantó entre todos
los animales y el guapo gorila de espalda plateada, preguntó con inquietud ¿Que
el cuervo no está? ¿Desde cuando no está?
Todas las miradas se dirigieron hacía la
hembra del cuervo, y ésta, en tono tristón respondió ¡Ayer no volvió. No dije
nada para no angustiaros!
El miedo se apoderó de todos y el león
intervino diciendo ¡Calma! ¡Que haya calma! ¡No sabemos lo que está pasando ahí
fuera. Puede ser malo, aunque el hecho de que ninguno de los dos haya regresado,
también puede indicar que todo está bien y han decidido no volver. Aquí adentro
todos tenemos nuestro espacio pero tampoco es el lugar más adecuado para vivir!
Entonces, el búho trató de
tranquilizarlos, diciendo ¡El argumento del león es muy razonable. Tanto el
cuervo como la paloma han estado yendo y viniendo dándonos información de cómo
estaba todo, el hecho de que ahora no regresen podría indicar que la Tierra ya
está seca y ellos prefieren estar fuera. Ni los humanos, ni nosotros, vivimos encerrados
en embarcaciones como esta, algún día tendremos que salir de aquí. Es posible
que ya haya llegado el momento!
Muchos animales respiraron aliviados, y
el tigre, enfadado prosiguió ¡Pues yo sigo pensando, que sea lo que sea que esté
pasando, los dos tenían la obligación de venir a contarlo!
¡El tigre tiene razón…! Dijo el loro ¡Tenían
la obligación de venir a contarlo!
¡Tú siempre repitiendo lo que otros
dicen! Exclamó indignado el gato.
Un gran mutismo volvió a producirse entre
todos los animales.
Al día siguiente, mientras la paloma
seguía empollando con entusiasmo a sus queridos hijitos, vio como se acercaba
el cuervo.
¿Qué haces tú aquí? Preguntó él.
La paloma lo saludó con alegría y
apartándose un poco dejo los huevos al descubierto ¿A que son hermosos?
¿Son los primeros? Preguntó el cuervo.
Ella, con una sonrisa respondió ¿Se nota
mucho que son los primeros? Y continuó ¡Tengo ganas de que mi palomo vea a sus
hijitos!
¡La Tierra se va secando…! Dijo el pájaro
¡Supongo que pronto nos veremos todos otra vez, y mientras tu palomo no esté
contigo me quedaré a tu lado por si me necesitas!
¡Agradezco tu ofrecimiento pero me puedo
arreglar sola…! Respondió ella ¡Mejor vuelve al arca a dar información!
¡No es necesario…! Contestó él ¡Cuando
vean que no regresamos entenderán que todo va volviendo a la normalidad!
Los días fueron pasando y dentro de la
embarcación se seguían turnando los dimes y diretes con el inquietante y tenso silencio,
cuando de pronto, la jirafa gritó ¡LOS HUMANOS ESTÁN ABRIENDO LA PUERTA! ¡LOS
HUMANOS ESTÁN ABRIENDO LA PUERTA!
Un gran regocijo se organizó dentro del
arca ¡Que bien…! ¡Por fin veremos y pisaremos tierra! Dijo con alegría la
cierva.
Las aves empezaron a sacudir sus alas,
las bestias salvajes, los ganados y los reptiles empezaron a prepararse para
salir.
¡Eh! ¡No te cueles! Le dijo la oveja al
zorro.
Todos tenían ganas de ver de nuevo la Tierra,
el Sol, el cielo, de oler la vegetación, de escuchar el sonido del viento y de
volver cada uno a su hábitat.
A
medida que iban saliendo corrían con ganas hacía sus lugares habituales de
residencia ¡A ver quién nos alcanza! Dijo por decir el veloz guepardo a su
amada felina.
El cuervo se reencontró con su hembra.
¡Tenía muchas ganas de verte! Le dijo ella.
¡Y yo a ti! Respondió el pájaro.
El palomo se volvió a reunir con su
querida paloma y sus pequeños palomitos ya salidos del cascarón.
¡El macho se parece a ti! Dijo ella a su
amado palomo.
¡Y la hembra a ti! Respondió él con
alegría.
Las aves que salieron del arca se
reunieron en torno a los recién nacidos y celebraron el acontecimiento con
cánticos.
Todos estaban contentos de ver y pisar de
nuevo la Tierra.
Las vacas mugían ¡Muuu! ¡Muuu!
Los perros ladraban ¡Guaguau! ¡Guaguau!
Los gatos maullaban ¡Miau! ¡Miau!
¡Ki-ki-ri-ki! ¡Ki-ki-ri-ki! Cantaba el
gallo.
Los sonidos de felicidad de unos y otros se
entremezclaban y llenaban todo el derredor.
Desde entonces, humanos y animales se han
multiplicado y han llenado el globo.
Cada día nacen miles de niños, pequeños
palomitos, vacas, cocodrilos, leones, etc.
Hay trabajo y descanso.
Sol y luna.
Días y años.
Niños y viejos.
Y la vida sigue en nuestro bello planeta azul.
Autora: Montserrat Martínez Vila
LA ÚLTIMA MIRADA
Tina era una perrita de raza indescifrable que llegó a mivida un día de Agosto, no tendría más de seis meses, y se me acercó pegando sus
orejas a la cabeza, como pidiendo perdón por la osadía de acercarse a mendigar
algo de la comida que estaba disfrutando en
un bonito día de campo, escondía sus huesos tras una “miajita” de piel
con manchas blancas y negras, tenía hambre, seguro que no comía desde algunos
días atrás, su mirada llena de ternura me llegó a lo mas profundo de mi alma y
no pude menos de compartir mi bocadillo y el agua, tan necesaria con el calor
del verano. Cuando terminó de comer y beber, era otro animal, varias veces intentó jugar conmigo, me
provocaba, pero sobre todo me miraba con unos ojos que eran telegramas directos
a mi espíritu, remitidos por un ser hermoso, dócil, bondadoso, puro y
agradecido, sé a ciencia cierta que quería compensar la comida que había
recibido como sabía, dando cariño. Tenía un collar… se ha perdido, pensé, o eso
o la han abandonado. La miré, y tras algunos carteles por la zona para
encontrar a su dueño, Tina entró por la puerta grande en nuestras vidas, y fue
algo más que un ser vivo, fue ese espíritu que detectaba el dolor y se
aprestaba a diluirlo con carantoñas, lametones y sobre todo con una mirada que
decía muchas cosas, pero sobre todo, expresaba sentimientos, “estoy aquí y te
amo, fíjate cuanto, eres afortunado de tenerme a tu lado, y eso es más grande
que el dolor que sientes”.
Si algo me sorprendió de Tina es que nunca necesitó educación, en todo caso, si
alguien la necesitó fue su amo, tuve que aprender que un perro no es una
persona, es otra cosa, pero casi siempre mejor. Cuando le levantaba la voz, a
veces de forma injusta, Tina entristecía y se acurrucaba en su rincón, no sabía
por qué lo que unas veces me hacía feliz, otras no era bien recibido, y eso no
es comprensible para quien te ama cada minuto de cada día y ha decidido de
forma natural y voluntaria, hacerte feliz cada momento de su vida y de la tuya.
Sé que no todos los perros son iguales, pero también sé que eso sucede porque
no todos los que conviven con ellos son iguales, pero eso ahora no viene a
cuento, hoy solo sé que necesito recordar a ese espíritu grande y puro que fue
Tina y que durante casi dieciséis años me hizo mejor persona, porque me empujó
a
ver que el amor sin condiciones existe
porque ella me lo regaló hasta su ultimo día. Un último día que quedará en mi
recuerdo como aquel que dejó un vacío inmenso en mi alma.
Las semanas previas Tina, ya muy vieja, apenas quería andar, no se encontraba
bien pero todos los días hacía un esfuerzo por mover su rabo, y levantar su
cabeza para buscar mis ojos con su mirada y el mayor esfuerzo, lo sé, lo
siento, era por mantener esa mirada alegre y llena de amor, no quería que
supiera que sufría, la artrosis estaba destrozándola y ya nada la aliviaba, el
vaticinio de mi veterinaria tocaba a su fin.
El ultimo día ya no tenía casi fuerzas y tras llorar durante largo rato a su
lado, me miró sin poder ocultar su dolor, sentí que me pedía ayuda, esa que mi
egoísmo por no perder a alguien que había sido importante muchos años en mi
vida, no quería darle, la tomé en brazos y me fui al Veterinario. Le quedaba
poco de vida y cada hora sería un suplicio, la decisión era ayudarla a llegar
al paraíso de los buenos perros, y así se decidió.
A medida que el medicamento entraba en su cuerpo, sin mover la cabeza cruzó su
mirada con la mía, y en ella volví a ver a esa Tina de seis meses en un lejano
día de Agosto.
A veces pienso que Tina me adoptó a mí, que si Dios existe, la envió para
ayudarme a ser mejor, es seguro que Dios utiliza a seres puros como Tina para
que sean ángeles de la guarda para seres
humanos que necesitan saber que el amor es la esencia primigenia de la vida y
que ese amor es un sentimiento tan puro como el de Tina, y nosotros los seres
humanos no lo vemos si no cruzamos nuestras miradas con seres que lo regalan
con todo el corazón y, por desgracia, los humanos no formamos parte de esa
raza.
No olvidaré la primera mirada de Tina, ni la última, ni el agradecimiento a un
ser que me hizo mejor persona, que me enseñó lo que es el amor incondicional y
que espero ver algún día cuando mi alma visite el paraíso de los perros buenos
y espero que Dios nos permita volver a jugar juntos y tal vez podamos hablar sin
necesidad de miradas, de espíritu a espíritu y así poder decirle que fue para mí
un regalo del creador que no podré agradecer suficiente por muchos años que
viva.
Juan P. Muñoz -Madrid-
UNA FLOR EN EL CAMINO
El
tiempo que estamos en este mundo es efímero, como la vida de una flor. Pétalo a
pétalo, ésta va perdiendo toda su belleza inexorablemente, acercándose a su
decadencia, a su muerte, sin poder hacer nada por remediarlo.
La vida está plagada de decisiones, unas correctas, otras menos correctas, y todas
y cada una de ellas nos conducen por un camino, aquél que nos define y nos hace
evolucionar. Pero el final de este recorrido sólo es uno. Lo temamos o no, nos
aguarda, y no hay forma de evitarlo, sólo podemos elegir el mejor sendero para
hacer de la vida un hermoso paseo hasta nuestro fatídico desenlace.
La
lluvia cae sobre mi cuerpo, sin tregua, mientras contemplo la hermosa flor
blanca que yace ante mis ojos. Se encuentra tendida en la verde y húmeda
hierba, temblando ante cada gota que amenaza con arrancarle un nuevo pétalo,
con acelerar su ya de por sí temprana muerte.
Esta
lluvia tiene muchos significados: vida, muerte, purificación... Todos ellos
dependen de las circunstancias, pero siempre tiene un significado.
La
flor es un símbolo en mi corazón, un símbolo de toda una vida junto a ella, un
símbolo que ahora yace en el suelo ante mí, agonizante. No puedo dejar de
observarla, de pie, sólo, empapado, desesperanzado.
¿Cómo
sabemos que hemos elegido el camino adecuado? ¿Por qué creemos que elegimos
nuestro propio camino si al final siempre hay algo que nos lo arrebata? Es
entonces cuando nos planteamos si no hubiese sido mejor ignorar la felicidad
para evitar sufrir su pérdida.
A mi
mente llegaron recuerdos tristes de una vida que ya nunca más tendría... y que
ahora me planteaba si había merecido la pena.
Quizá
fuese mejor no escoger ningún camino, no esperar nada, afrontar lo que nos
llegase en cada momento... pero al fin y al cabo, ese es otro sendero. Y no importa
cuál elijas, porque la muerte llegará, pero es duro que lo haga antes de
tiempo.
No,
no me arrepentía de mi vida, no me arrepentía de haber conocido en sus brazos
la felicidad. El poco tiempo que pasé junto a ella fue el único que dio sentido
a todo mi camino, el que supo encauzarlo, el que me hizo temer la muerte.
Prefería sufrir su pérdida que ignorar su existencia.
Caí
de rodillas, y con una mano temblorosa pero resuelta cogí la blanca flor y la
coloqué sobre su tumba. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero la lluvia las
arrastró junto a su purificante caricia. Ahora estaba preparado para afrontar
el resto del camino, porque sabía que al final de éste no estaba la muerte,
sino una nueva vida con ella.
Kaztyr
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UNA VIDA A SU LADO
La
lluvia arremetía implacable sobre las escasas figuras que se aventuraban a
salir a la calle, que presentaba un aspecto triste, oscurecida bajo la densa
nubosidad que cubría el vasto y desolado cielo de una larga tarde de otoño.
Pero ni todo el agua del mundo podría limpiar la culpa que habitaba en el
corazón de Alan, quien permanecía de rodillas sobre el frío y húmedo suelo
empedrado, contemplando sus manos cubiertas de sangre, la cual se mezclaba con
la lluvia y caía en finos hilos carmesí entre sus dedos.
¿Qué he hecho?
-se repetía una y otra vez.
1 día antes
-
Venga tío, necesito la pasta -insistió Alan nuevamente ante las continuas
negaciones de su hermano.
-
Esta vez no, Alan -respondió Dean con un deje de agotamiento en su voz, y
añadió con un tono más apaciguado:- Lo que necesitas es ayuda... Déjame
ayudarte...
-
¿Quieres ayudarme? -soltó el primero, sin molestarse en disimular el sarcasmo-.
¡Pues dame el dinero!
-
¡¿Para qué te lo gastes en droga?! -replicó Dean furioso, golpeando con fuerza
la pared con su puño.- Olvídalo.
Dean
dio por finalizada la conversación, dando la espalda a su hermano y
dirigiéndose hacia la puerta.
-
¡¿Vas a irte así, sin más?! -gritó Alan su rostro estaba rojo, y una vena
palpitaba con tanta fuerza en su cuello que parecía que fuese a explotar-.
¡Vale! ¡No te necesito!
No
recibió respuesta, encontrándose sólo en la oscuridad de su salón. Apretó los
puños con fuerza, cegado por el odio, dispuesto a golpear... pero un ligero
contacto húmedo en su mano le hizo relajarse. Bajó la mirada y observó a Kai, un
Golden Retriever de unos 3 años, que le daba golpecitos con la trufa y le
devolvía una mirada juguetona y simpática mientras movía alegremente el rabo.
Quizá
el único capaz de hacerle olvidar todos los problemas por los que estaba
pasando era ese perro. Con una sonrisa, posó ambas manos con suavidad sobre el
cuello del animal y se agachó hasta ponerse a su altura. Kai comenzó a lanzarle
lametones al rostro y a frotar su cuerpo contra el suyo, mientras Alan le
acariciaba su sedoso y brillante pelo cobrizo.
-
Creo que tendremos que arreglárnoslas por nuestra cuenta, ¿eh chico? -susurró
Alan, moviendo las orejas de Kai de un lado a otro a modo de caricia, a lo que
éste contestó con un pequeño ladrido.
No
pudo evitar sonreír ante tal muestra de entendimiento por parte de su mascota.
Tras unas últimas caricias fue a buscar la pelota favorita de Kai. Durante unos
minutos se sintió feliz en compañía de ese hermoso animal.
Dean
permanecía absorto en sus pensamientos, tendido sobre la cama, observando
atentamente el ventilador que giraba lentamente sobre su cabeza, como si
esperase encontrar en ese simple mecanismo la respuesta que buscaba. Amanda
rompió el silencio que durante minutos había reinado en la habitación:
-
¿Cómo ha ido?
Dean
suspiró, aguardando otro minuto más antes de volverse hacia su mujer y
responder a su pregunta:
-
No puedo ayudarle si no me deja hacerlo -contestó con abatimiento se recostó
sobre su hombro y se giró hacia Amanda-. Tengo miedo de lo que pueda hacer si
se ve sin salida.
Amanda
se levantó del sillón en el que se encontraba y comenzó a deambular por la
habitación.
-
No va a entrar en razones con ninguno de nosotros -suspiró-. Sólo habla con
Kai.
-
Lo sé -afirmó Dean, que se incorporó para coger un marco que reposaba sobre la
mesilla-. Si no fuese por ese perro, no quiero ni imaginar dónde estaría...
Permanecieron
en silencio nuevamente durante unos minutos, pensando en las alternativas que
tenían para ayudar a Alan a dejar las drogas, pero sólo una parecía tomar forma
en la mente de ambos.
-
Debemos ingresarle -sentenció Dean con tristeza frotándose el rostro demacrado
por la constante preocupación añadió:- Ya lo hemos intentado todo y no ha
habido éxito, es lo único que podemos hacer. Mañana hablaré con él.
Ninguno
de los dos tenía fuerzas para continuar con una conversación que se había
convertido en su día a día desde hace ya más de un año. Dean volvió a tumbarse
en la cama, agotado. De pie, Amanda le observó durante unos instantes, pudiendo
contemplar un rostro cansado y envejecido prematuramente por la preocupación.
¿Alan?
-volvió a llamar Dean, nuevamente sin recibir respuesta continuó dando golpes
en la puerta-: ¿Estás ahí, Alan?
Silencio.
Por suerte, sabía que su hermano guardaba siempre una llave detrás de una
maceta. Típico, pero efectivo. Dean abrió la puerta mientras seguía llamándole,
pero por toda respuesta obtuvo el ligero murmullo del viento que se colaba por
una ventana rota del viejo y destartalado bloque de apartamentos.
La
casa estaba en silencio, a oscuras, salvo por los escasos rayos de luz que
penetraban por las persianas echadas, trazando haces luminosos en el aire que
dejaban ver la gran cantidad de polvo que flotaba en el ambiente.
Dean
recorrió todas las habitaciones, buscando a su hermano, pero sin éxito. Todo
estaba desierto. Finalmente regresó al salón y se dejó caer en el sofá,
quedándose unos instantes pensativo, hasta que se dio cuenta de algo:
¿Y
Kai?
Alan
nunca sacaba a pasear a su perro. Más bien él no le dejaba, ya que no en pocas
ocasiones había aprovechado para ir a comprar droga. Eran Dean y Amanda quienes
se encargaban de sacarle. El no encontrar a Kai en casa comenzó a preocuparle.
¿A
dónde habrá ido? No puede haber salido a por droga, no tiene dinero. ¿Y para
qué se llevaría a Kai?
Dean
se apoyó en un brazo del sofá y descansó la cabeza sobre su mano. Contempló la
habitación en la que se encontraba. Era el salón de la casa, bastante pequeño,
y el enorme desorden que había lo hacía parecer aun más agobiante, por no mencionar
la oscuridad y el polvo acumulado por la escasa ventilación del lugar. Alan no
se preocupaba por mantener un hogar confortable, parecía que eso no le importara
demasiado. Sin embargo, el rincón en el que dormía Kai estaba perfecto, era
como un oasis en medio de todo el desorden del lugar. Dean no pudo evitar sonreír.
Pese a haberse abandonado completamente, su hermano seguía cuidando de aquello
que más amaba en el mundo: su perro. Y esto precisamente es por lo que más le
costó creer lo que vieron sus ojos a continuación: encima de la mesa, sobre un
montón de papeles viejos y restos de comida rancios, había un panfleto sobre
una pelea de perros.
Dean
se incorporó de golpe, imbuido súbitamente por una terrible idea que cobró
forma en su mente.
¿De
verdad vas a hacerlo, hermano?
Con
la mano temblorosa del horror que sentía ante tal pensamiento, tomó el panfleto
y le echó una rápida mirada. Se trataba de una pelea de perros ilegal, donde
todo estaba permitido, incluida la muerte del can rival. El perro ganador le
haría a su dueño merecedor de un gran premio en metálico.
¿Si
quiera te has planteado hacer esto, Alan? ¡¿Es tu perro?!
El
corazón se le aceleró, y el anterior temblor de su mano se había convertido en
un fuerte movimiento casi espasmódico, más de rabia que de terror. Sin perder
un segundo más buscó la dirección en la cual se disputaría la pelea, que según
ponía se llevaría a cabo en un edificio abandonado no muy lejos de allí. Tenía
que llegar a tiempo antes de que su hermano cometiese un error que nunca se
perdonaría. Mientras se encaminaba hacia la puerta de la maltrecha casa cogió
el móvil y llamó a Alan, con la intención de hacerle entrar en razón mientras
no fuese demasiado tarde.
Vamos,
Alan, coge el teléfono... Venga tío, cógelo... ¡Joder!
-
El móvil al que intenta llamar está fuera de servicio o no tiene cobertura
-soltó una femenina voz mecánica a través del móvil para frustración de Dean,
que a punto estuvo de estampar el aparato contra la pared.
" Dean"
La
pantalla del móvil brillaba con el nombre de su hermano en pantalla. No tenía
intención de hablar con él, así que optó por apagarlo mientras seguía caminando
por el destrozado pasillo que, a juzgar por los gritos, ladridos y rugidos que
provenían del fondo del mismo, llevaba a su destino. La correa que tenía en su
mano se tensó. Alan miró atrás y vio como Kai se encogía sobre sí mismo,
agachando el rabo y las orejas lastimosamente, reticente a avanzar, seguramente
asustado ante todos esos gritos que se acentuaban por el eco del enorme y vacío
pasillo. Tras agacharse y acariciar su suave pelaje notó como temblaba todo su
peludo cuerpo. Se le encogió el corazón.
-
Kai... -susurró Alan, con los ojos vidriosos su voz tembló cuando continuó:-
Lo siento mucho, chico. Necesitamos ese dinero. Podemos lograrlo, ¿vale? Juntos
podemos hacerlo.
El
can comenzó a mover el rabo tímidamente mientras se acercaba a su dueño,
golpeándole cariñosamente con la cabeza. Alan sonrió levemente, se enjuagó una
lágrima que resbalaba por su mejilla y besó a Kai en la cabeza, tras lo cual
reanudó su camino, recorriendo el escaso espacio de pasillo que quedaba hasta llegar
a una oxidada puerta de metal.
Tres
golpes y un fornido hombre con ropas ceñidas y oscuras apareció ante ellos,
ofreciéndoles a modo de bienvenida una mirada amenazante que les heló la
sangre. No dijo nada, sólo realizó un ligero movimiento de cabeza indicándoles
que pasaran.
-
¿Nombre...? -soltó un chaval menudo de unos 19 años, que se encontraba tras un
escritorio desvencijado realizando anotaciones al ver que no recibía respuesta
levantó la mirada e insistió:-¿Nombre del perro?
Durante
unos segundos Alan se quedó ensimismado, hasta que con una voz rota susurró:
-
Kai
-
Kai... ¿qué? -preguntó impaciente el chico, que ante el desconcierto de su
interlocutor se desesperó observó al animal, que permanecía sentado moviendo
ligeramente el rabo, y sentenció:- Kai el Novato, está claro. Siguiente...
Con
un empujón Alan volvió a la realidad, viendo que detrás suyo se estaba formando
una cola. Pocos más traían a un perro con ellos, más bien se aproximaban a la
mesa a apostar por sus contendientes favoritos, como si de una carrera de
caballos se tratase.
Dando
traspiés entre la multitud y arrastrando consigo a Kai, fue avanzando por el
horrible lugar en el que se encontraba, y la estampa no podía ser más dantesca.
Múltiples bombillas parpadeantes iluminaban tenuemente el lugar, que si se mantenía
en pie era por un mero capricho del destino. Las paredes estaban descorchadas,
el techo parcialmente hundido y el moho crecía por doquier en la húmeda
estancia en la que se encontraban. Comida en proceso de descomposición, heces
frescas o resecas, jeringuillas, botellas rotas, manchas de sangre y una
infinidad de insectos poblaban el suelo. Pero ni toda esta horrible estampa
podía prepararle para lo que iba a ver a continuación.
Una
gran masa de gente se agolpaba en torno a la zona central de la sala, gritando
excitada ante lo que quiera que estuviese sucediendo allí. La música estaba
demasiado alta, produciendo un rugido ensordecedor, pero a nadie parecía
importarle. Alan comenzaba a encontrarse realmente mal, y un creciente temor se
apoderó de él según se acercaba a lo que ya intuía como el círculo de lucha.
Abriéndose paso entre los eufóricos apostantes, pudo llegar hasta la primera
línea, donde vio algo que nunca olvidaría.
En
el centro de un gran foso de arena parcialmente escavado en tierra, rodeado de una
verja de alambre de espino, se encontraban dos perros enzarzados en un
frenético y sangriento combate. Ambos animales estaban poseídos por la rabia,
con el pelo erizado a lo largo de todo su cuerpo, gruñendo con sus temibles
bocas mientras una espesa y espumosa baba les resbalaba por los labios,
dispuestos a lanzarse contra su rival en cualquier momento. Al fondo, un
Rottweiler, cuyo cuello estaba rodeado por un collar de pinchos en frente, un
gran Mastiff, igualmente imponente, el cual había sido brutalmente torturado al
insertar a lo largo de su pecho multitud de pinchos con la finalidad de
enfurecerle y proporcionarle una mayor defensa frente a las acometidas de su
rival. Tras un eterno intercambio de gruñidos, ambos perros envistieron el uno contra
el otro, intentando alcanzar la yugular de su objetivo.
Esto
es... es... Tengo que salir de aquí.
Alan
cerró los ojos, incapaz de mirar el fatal desenlace que, a juzgar los gemidos
de uno de los perros, acababa de suceder. Rápidamente se dio media vuelta y,
apartando a la gente a empujones, corrió hacia la salida. Cuando llegó a la
puerta, el mismo hombre fornido que le permitió la entrada se interpuso en su
camino.
-
Eh, chaval, no puedes salir ahora -soltó imponente el guarda, cruzándose de
brazos frente a la puerta.
Alan
hizo caso omiso e intentó salir de ese horrible antro, a lo que el hombre
respondió con un fuerte empujón que le tiró al suelo. Kai se interpuso entre ambos,
gruñendo y enseñándole sus afilados y amenazantes dientes.
-
Controla a tu chucho -espetó con desdén el fornido hombre ante las amenazas del
perro-. Que guarde su rabia para el combate, la va a necesitar.
Sin
escucharle, Alan volvió intentar atravesar esa barrera humana inquebrantable,
pero lo único que consiguió fue ser lanzado de nuevo al suelo.
-
¿Quieres irte? -preguntó con desdén a la vez que se apartaba de la puerta a
continuación se agachó e inmovilizó la cabeza de Kai con sus fuertes manos-:
Pues vete, pero tu perro se queda aquí.
El
hombre hizo una señal a otro de sus compañeros y éste le ayudó a llevar al
animal hasta el foso, mientras que un tercero se quedó vigilando a Alan.
-
¿Un Golden Retriever? -inquirió éste con incredulidad, arqueando las cajeas
mientras se situaba frente al dueño del perro-. Le van a crujir. No es un
combate justo, pero la gente paga por esto. Quiere ver sangre.
Alan
se levantó una vez más, pero esta vez echó a correr detrás de Kai, con el
corazón latiéndole con tanta fuerza contra el pecho que creía que le iba a
explotar. Cuando llegó al foso, su perro ya estaba dentro, enjaulado, enfrente
del mismo Rottweiler que momentos antes había acabado con la vida del enorme
Mastiff donde ahora tan solo había un montón de arena teñida de sangre.
Los
dos hombres que se habían llevado a su perro le impidieron lanzarse a por él.
Intentó zafarse, sin éxito. Entre ambos pudo observar el comienzo del combate.
La
verja que cubría la jaula se elevó, pero Kai no salió de ella. Con un
puntiagudo palo comenzaron a punzarle en el lomo, hasta que finalmente, con un
amargo quejido, se vio obligado a pisar la arena de combate. El Rottweiler
parecía igual de furioso que en el anterior combate, observando con rabia y sed
de sangre a Kai, que se encogía como podía contra el pequeño muro del foso,
mirando a todos lados en busca de la protección de Alan.
Nuevamente,
como ya sucediese antes, el enloquecido perro se abalanzó contra su rival, que
realizó una finta en el último segundo, salvando su cuello, pero recibiendo en
su lugar un mordisco en pleno lomo, tras lo cual emitió un agudo y prolongado
chillido de dolor.
-
¡¡¡KAI!!! -gritó Alan con todas sus fuerzas.
Sus
ojos se inyectaron en sangre, sus músculos se tensaron y su cuerpo pareció
reaccionar sin que a su mente le diese tiempo a pensar en lo que hacía. De un
fuerte tirón se soltó de uno de los hombres, pero no tuvo tanta suerte con el
otro, que le aprisionó con más fuerza.
-
¡¡¡Suéltame, hijo de puta!!!
Con
un cabezazo rompió el tabique nasal de su captor y pudo esquivarle,
abalanzándose sin dudarlo un segundo al foso, entre Kai y el Rottweiler, justo
en el momento en el que éste iniciaba una nueva acometida. El rabioso perro no
viró ante la aparición de un nuevo objetivo, sino que saltó y agarró con fuerza
el brazo de Alan, cuyo rostro se contrajo en un gesto de intenso dolor.
Kai,
que se encontraba tendido en el suelo después del primer golpe, se incorporó
con dificultades y, sacando fuerzas de donde no existían, se abalanzó sobre su
rival, dispuesto a defender con su vida a su dueño.
La
envestida alcanzó exitosamente el cuello del otro perro, pero el resistente
collar de pinchos amortiguó el golpe, que se volvió contra el atacante. Sin
embargo, esto le hizo al Rottweiler soltar su presa y encararse nuevamente a su
primer objetivo, lanzándose contra él cegado por la furia, sin saber a dónde se
dirigía, pero con una fuerza increíble. Acertó de lleno en la pata derecha
delantera de Kai, produciendo un sonoro crujido de huesos rotos junto a un
agudo aullido que retumbó por todo el edificio.
La
música había parado, y todo el mundo estaba expectante de los acontecimientos,
pero nadie parecía dispuesto a hacer nada para pararlos, sino que animaban más
que nunca.
Alan
yacía en la arena, tendido en medio de un charco de sangre que aumentaba poco a
poco, bañando su cuerpo. Observaba a la gente que le rodeaba, pero sin verla.
Aparecían como rostros difusos, eufóricos, animando el infierno que él y su
perro estaban viviendo. Perdía mucha sangre, pero no podía abandonar a Kai, no
después de haberle condenado a esa horrible pesadilla.
Hizo
acopio de las escasas fuerzas que aún le quedaban, se incorporó y, aferrando su
brazo contra su tronco, se abalanzó sobre el Rottweiler, que inmediatamente soltó
la pata de su rival para volver a centrarse en el hombre que se interponía
entre su víctima y él. Con un zarpazo rasgó el rostro de Alan, que se encogió nuevamente
de dolor. A continuación el perro se abalanzó a la yugular, pero un movimiento
de su objetivo le hizo desgarrar únicamente su ropa. No cesó en su intento y
volvió a arremeter. Sin embargo, la vista se le nubló, sus músculos dejaron de
responder y perdió el equilibrio, cayendo dormido.
Alan
levantó la mirada, justo para observar a Amanda sujetando una pistola de dardos
anestésicos, antes de caer también inconsciente, producto del agotamiento.
La
vibración del coche despertó a Alan, que se encontraba tendido en los asientos
de la parte trasera. Lentamente se incorporó, intentando aguantar el intenso
dolor que sentía por todo su cuerpo, procedente en su mayor parte del
destrozado brazo que, ahora vendado, colgaba inerte de su costado.
-
No te esfuerces, Alan -dijo Dean desde el asiento del conductor en su voz era
evidente la preocupación que sentía, pero también había un deje recriminatorio
que no pudo disimular.- Vamos hacia el hospital, te pondrás bien.
-
¿Hacia el hospital? -respondió su hermano, aun confuso tras la pérdida del
conocimiento-. No... no, al hospital no... -balbuceó y continuó con un hilo de
voz:- Hay que ir al veterinario.
-
Alan... -susurró el primero, no muy convencido de la respuesta.
-
Al... veterinario -insistió esta vez tenía la voz tomada por la congestión,
producto de las lágrimas que comenzaban a aflorar a sus enrojecidos ojos.
Dean
observó por el retrovisor a su hermano, que se había recostado en el asiento, observando
con tristeza y arrepentimiento a su perro, que agonizaba sobre las piernas de
Amanda. Decidió hacerle caso, sabiendo que si le pasaba algo a Kai no podría
remontar cabeza, y ahora más que nunca le necesitaba, así que viró el rumbo y
se dirigió hacia la clínica de su mujer. No tardaron más que unos pocos y
angustiosos minutos en llegar.
Rápidamente,
aunque con sumo cuidado, Amanda tomó entre sus brazos al moribundo animal y se
encaminó hacia las puertas del centro veterinario. Alan, empleando las escasas
fuerzas que le quedaban, abrió la puerta del coche y se lanzó en su busca,
haciendo caso omiso de las advertencias que le hacía su hermano. Consciente de
lo que estaba ocurriendo a sus espaldas, Amanda se dio la vuelta, permitiendo
al dueño del can despedirse de él antes de comenzar una difícil operación de
urgencia, pero instándole a darse prisa por el bien de su mascota, pues cada
segundo era vital.
-
Lo siento... lo siento tanto... -susurró
Alan entre sollozos mientras acariciaba suavemente su hermoso pelaje, ahora
cubierto de sangre-. Saldremos de esta... juntos... como siempre.
-
Tengo que llevármelo, Alan -dijo Amanda, intentando aderezar su voz con toda la
ternura posible, consciente del dolor que sentía Alan, quien por toda respuesta
hizo un leve movimiento afirmativo con la cabeza.
Y
allí quedo, sólo bajo la lluvia, que arremetía implacable sobre las escasas
figuras que se aventuraban a salir a la calle, la cual presentaba un aspecto
triste, oscurecida bajo la densa nubosidad que cubría el vasto y desolado cielo
de una larga tarde de otoño. Pero ni todo el agua del mundo podría limpiar la
culpa que habitaba en el corazón de Alan.
Los
sollozos pronto se incrementaron, hasta casi convertirse en convulsiones.
Perdió la fuerza en las piernas, cayendo de rodillas sobre el frío y húmedo
suelo empedrado, contemplando sus manos cubiertas de sangre, la cual se
mezclaba con la lluvia y caía en finos hilos carmesí entre sus dedos.
¿Qué he hecho?
- se repetía una y otra vez.
*****
Después
de la intervención quirúrgica que necesitó Alan para recuperar la movilidad de
su brazo, le informaron de que la operación de Kai también había sido un éxito,
en cambio él había perdido la funcionalidad del miembro. El rostro de Alan
permaneció inexpresivo, ocultando el terrible sentimiento de culpa que yacía en
su interior. No dijo nada.
Cuando,
tras unas semanas de rehabilitación, el animal estuvo listo para regresar a
casa, Alan se negó a acogerle, ni siquiera tuvo el suficiente valor para verle
de nuevo, simplemente se encerró en su apartamento, ignorando todas las
llamadas.
Pasaron
varios meses sin que Dean volviese a saber de su hermano. Durante todo ese
tiempo Amanda y él se encargaron de cuidar de Kai, y todos los días iban a
pasearle hasta la casa de su antiguo dueño. Cuando el perro pasaba por delante
de su verdadero hogar no podía evitar mover el rabo con rapidez, ladrando
suavemente en un intento de captar la atención de Alan. Aunque éste le oía,
nunca se asomó siquiera a la ventana para observar a su apreciado perro, no
creía merecerlo.
El
tiempos seguía avanzando inexorablemente, y Alan permanecía recluido
voluntariamente en su casa. Dean se cansó de esperar a que su hermano entrase
en razón y ceso en sus paseos diarios hasta el abandonado bloque de edificios.
Kai tenía una nueva vida que había sido capaz de emprender tras aquella pesadilla, si Alan no quería
volver a vivir, nadie podía obligarle a ello.
Un
año después del incidente, Dean recibió una llamada del hospital de la ciudad,
informándole de que su hermano había ingresado por culpa de una sobredosis. No
tardó demasiado tiempo en recuperarse, y en cuanto estuvo en plenas condiciones
fue trasladado a un centro de desintoxicación.
Los
meses se sucedían, y su estado no iba a mejor. Según decían los profesionales
del centro, no tenía ninguna motivación, se negaba a mejorar, y sin algo a lo
que aferrarse para vivir no sería capaz de superar su estado de adicción, que
ahora se hallaba unido a una depresión crónica.
Lo
único que necesitaba era algo a lo que aferrarse...
1 año y 3 meses después del
incidente
-
Pero va contra las normas -negaba una y otra vez el director del centro de
desintoxicación-. No puedo permitir...
-
Por favor -rogó Dean sabía que ésta era la única solución posible, sin ella no
habría ninguna esperanza-. Mi hermano lo necesita. Es lo único que puede
hacerle volver a vivir.
Su
interlocutor emitió un sonoro y prolongado suspiro mientras apartaba la mirada de
los suplicantes ojos de Dean, dudando de si estaba haciendo lo correcto
permitiéndole su petición.
-
Alan, tienes visita -informó una joven enfermera del turno de guardia matinal a
la vez que daba unos golpecitos en la puerta.
-
¡Ya he dicho mil veces que no quiero... -comenzó a increpar, pero no pudo
terminar la frase porque la mujer desapareció rápidamente por el pasillo.
Nuevamente
se tumbó en la cama, suspirando de indignación. Cuando estaba a punto de volver
a dormirse escuchó un repiqueteo por el suelo que se acercaba rápidamente, como
de uñas...
Súbitamente
abrió los ojos, viniéndole a la mente numerosas imágenes del pasado, con Kai,
días felices que pasó a su lado, jugando con él, paseándole, acariciándole...
momentos juntos, disfrutando, sonriendo... viviendo... Y él había tirado todo
por la borda por las drogas, dejó de vivir, casi mata a quien más quería en su vida...
y luego le abandonó. No sabía cómo reaccionaría Kai al verle.
Se
incorporó lentamente y observó su rostro ante el espejo, rozando con sus dedos
la cicatriz que le surcaba de lado a lado. Nuevos flases se dibujaron en su
cabeza, esta vez de ese terrible día. Cuando finalmente apareció Kai por la
puerta y se giró para mirarle, las lágrimas rodaban ya por sus mejillas. El
hermoso animal trotaba alegremente, aunque con dificultades al no poder apoyar
una de sus patas, pero nada de esto le impedía ir moviendo el rabo tan rápido
que la inercia le desequilibraba parcialmente. En cuanto llegó a la altura de
la cama de su dueño saltó con sorprendente agilidad y desde allí comenzó a
lamerle el rostro.
¿Por qué? ¿Acaso puedes perdonar
todo lo que te hice? No merezco una segunda oportunidad...
Sin
embargo, Kai estaba exultante de poder volver a ver al fin a su dueño, aquel
con el que había vivido feliz tanto tiempo, por el que sacrificaría su vida, al
que había jurado fidelidad eterna como sólo un perro puede hacer.
-
Gracias... -articuló entre sollozos-. Gracias... Hagámoslo juntos, una vez más.
Saldremos adelante. Recuperaré nuestra vida... por ti... te lo prometo. Volveremos
a casa.
Mientras
las lágrimas brotaban descontroladamente de sus ojos y contemplaba el rostro
alegre y lleno de vida de Kai, un pensamiento inundaba su mente: si todos los
humanos tuviésemos tanta humanidad como los perros, nada de todo eso hubiese
pasado.
Kaztyr
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